Y en la mañana siguiente, de repente, mi
sobrina Paula agitaba mi cuerpo intentando que despertara…
—
¡Tito… ¡ Qué ya es tarde, que
ya pasan de las nueve… Me dijiste que a las ocho nos levantaríamos para ir al
puente… y ahora qué… seguro que la Virgen ya habrá pasado…
—
Paula, Paula… ¿qué sucede?
—balbuceaba mientras intentaba reaccionar ante tan repentino despertar.
—
Pues que son casi las nueve y
media, y la Virgen ya estará en Triana y allí no la podremos ver con tanta
bulla…
Reaccioné, claro que lo hice, le había
prometido que iríamos bien prontito al Altozano a ver a la Esperanza de Triana
y me había dormido…
—
Tranquila Paula, el tito se
viste en un plis-plás y en nada nos vamos.
Y así fue. A los pocos minutos ya corríamos,
ella de mi mano, Reyes Católicos arriba. El palio de la Esperanza se
vislumbraba al fondo, prácticamente ya en el puente. El gentío la rodeaba.
Imposible adelantarla por allí. Seguimos corriendo y decidí entrar a Triana por
el puente de la Expiración y por la calle Castilla llegar al Altozano. Si nos
dábamos prisa llegaríamos antes que Ella. Yo jadeaba de tanto andar rápido. A
Paula le sudaba la mano que seguía apretando la mía cuando nos asomamos a la
plaza alta y vimos el palio de la Virgen frente a la Capillita del Carmen.
Sonaba Triana de Esperanza y a lo lejos, entre el murmullo de la gente se
dejaba oír el cantar de la Salve que llegaba a nuestro oídos. Paula tiraba de
mi brazo y supe al instante lo que quería: la subí a horcajadas sobre mis
hombros.
Y reviró la Señora. Eran treinta metros,
no más, lo que distaba de nosotros. Sin saber cómo, nos mezclamos junto con los
nazarenos de capirotes verdes mientras Ella se acercaba paso a paso abriéndose
camino. Llegó justo delante nuestra. Sonó el Martillo. Era el Juanma…
—¡Pararse ahí…! ¡Ahí queó! —Y el palio, a
las palabras del capataz —t’os por iguá— se posó justo delante nuestra.
Sentí un tirón en el pelo. Era Paula sobre
mi cabeza. Me giré para verla. Estaba llorando. Cinco lágrimas surcaban sus
mejillas blancas esas de una niña de siete años. Sus labios dibujaban una
mueca, eso que llaman puchero. Su pecho se agitaba en la zozobra a son de
latidos de corazón. Instantes después Juanma tocó el martillo tres veces y
arengó a sus costaleros. Con el último golpe La Esperanza se levantó al cielo azul
de Triana. Volvió a sonar una marcha. Campanilleros inundó con sus notas el
Altozano y el palio se nos fue de frente buscando San Jacinto. A Paula, de mis
hombros la pasé a mis brazos. Sus lágrimas se perdían ya casi en su barbilla
que seguía moviéndose en un tembleque emocionado. La apretujé sobre mi.
—
¿Qué pasa cariño…?
—
Tito… —me dijo sin parar de
llorar— La Virgen me ha dicho que no me preocupe, que los abuelos están aquí,
en Triana, con Ella, que esto es el cielo y que los está cuidando para que ellos
nos cuiden a nosotros también.
…Y lloré como un chiquillo mientras en mi
hombro, Paula, apoyaba su cabecita y sus últimas lágrimas empapaban mi camisa.
La Esperanza de Triana se iba perdiendo a lo lejos y ya casi rozaba la Estrella.
Mi Estrella. Los abuelos de mi sobrina… mis papás. Mamá, Papá, estáis con Ella.
Y mirando al cielo les mandé un beso. Después, enjuagándonos las lágrimas,
volvimos a casa.
@BoroTriana para La Cera Fundida,
recuerdos de una mañana de viernes santo. 2005.